jueves, 1 de diciembre de 2011

Ciudad Maldita

Calles sucias, malolientes, sombrías, carente de esperanza, que abriga desdichas y sombras que se deslizan entre basurales y callejones, acurrucan sus cabezas antes de cada esquina. Ya nadie deja en cada paso sus ideales pues se volverían agrios, frívolos y morirían al primer paso; las puertas se cierran con tanta premura. ¡Ladrones!, ¡ladrones!, se oye de distintos lados, ellos merodean en derredor de siluetas bendecidas con un sueldo mínimo, renegando del inepto gobierno incapaz de subir ese mísero salario en un 50% más, hasta ya discutían de sus probabilidades de la casa propia si ese beneficio se lo concedieran a sus ocasionales desafortunados clientes.

Él gasta la suela de sus únicas zapatillas, lleva un polo estampado con la figura de su héroe que dizque vendrá a salvarlo cada vez que su padrastro lo golpea por no traer monedas a casa, un pantalón deportivo con unos agujeros en las rodillas, su carita llena de tristezas impropias a su edad, a veces pasa sus antebrazos por sus mejillas y su frente intentando desarraigar las penas que lo aquejan… Él no sabe de un futuro compasivo ni de navidades que aún guarda en sus bolsillos, se sabe todos los discursos emitidos por los candidatos presidenciales donde siente que es mencionado más de una vez; malditas calles para nosotros, cálidas calles para él.

Piensa en su día a día, pues el tiempo no le da para concentrarse en el pasado, ni un segundo; combis, cousters, luz roja, iglesias, todos son buenos lugares donde se ubican potenciales compradores, todos tienen la marca del cliente A-1, según su estudio de mercado la desdichada crisis no afectará la economía de los clientes y la casa propia para el puede ser posible si es que no aprende las mañas de los congresistas, odia las marchas radicales que aparte de destrozar todo a su paso no le consumen sus productos, aunque no puede negar que le gusta escabullirse en medio de estas para sentirse parte de la horda, pero el no reclama derecho ni presupuesto del estado, no quiere la posibilidad de que el presidente salga a la puerta de Palacio de Gobierno para comprarle toda el paquete de dulces… pero despierta y se dice ¡basta de pensamientos cojudos!, mientras se pierde entre la gente que viene y va en Jirón de la Unión.

Le gusta el caminar a su cerro, se divierte en las escaleras amarillas que lo conducen a su morada; tembloroso, aturdido, conservador, de izquierda, independiente, del centro, fundamentalista, católico, miedoso, socialista, comunista, liberal, de derecha, extremista, lloroso en cada paso pues la venta no ha sido tan buena aunque era domingo, no hay fruto en sus bolsillos, con sueños que casi se marchitan al volver cada día a su pobreza, sus pequeños ideales de una familia normal ya están destruidos, lo único que conoce es la pobreza demócrata de cubre todo ese cerro, donde él se siente con un Inka en su imperio y los faithes son sus más fieles esbirros.

Tararea en una canción lo poco que le queda de alegría, alegría que es gastada en cada venta hecha a personas raras, desconocidas, tal vez hasta dementes.

Lleva en su frente un mágico beso devotamente dado por su madre por las mañanas; la rutina de desarraigar el temor de su sien lo consume llenándolo de tensión a su corta edad haciéndolo continuar con su silencioso llanto.

Tararea una vez más esa canción… ya casi llega a su casa, cuenta las monedas dentro de sus bolsillo, aprieta los dientes, se muerde los labios, se limpia la frente, ahora silba la canción, sus miedos se acurrucan dentro de si, exige a su fe, piensa en su padrastro, lo maldice; se encuentra tembloroso en una acostumbrada oración le pide a Dios que el súper héroe de su polo cobre vida y ya de una vez por todas lo venga a salvar…