sábado, 6 de febrero de 2010

Emogirl

Aquellas horas eran parte de Febrero, aquellos minutos eran consumidos por una tarde tibia de verano, aquellos segundos fueron signos de encontrarte sin buscarte; pasaste por mi lado sin darme cuenta para luego verte en el mismo salón; ambos estudiábamos psicología.
Tenía trabajo part-time de cajero en un banco importante, tenía reglas en cuento a las mujeres, tenía coherencia y razonabilidad en mis palabras, y tenía estabilidad emocional entorno a mi ego además de encuentros ocasionales con una nada despreciable amiga cariñosa. En la segunda semana ella venia tan radiante casi como la primera: jeans de boca angosta tipo pitillo, correa con puntas de metal, polo negro, ojos delineados con sombra roja o lila, capucha oscura, medias a rayas, mitones a rayas, zapatillas All Star o Converse, piercing en la ceja izquierda y en el labio inferior izquierdo, blusas que combinaba con corbatas de colores y esos cabellos castaños que caían en sus hombros que luego del segundo ciclo conseguí acariciar… Como olvidar el desaire en el intento de la primera cita… Nunca llegaste, te fuiste a ver una banda de emo-punk que llegaba del extranjero, concierto al que yo hubiera ido a buscarte si me hubieras invitado a ir; pero no, al chico de traje y corbata no podría gustarle ese clase de música además aquella noche te esperé por más de 1 hora en la esquina de aquel café en que me lloraste una vez para que no te abandonara después de 8 meses de estar juntos… Nunca olvidaré los golpes en mi pecho tratando de hacerme entender que eras lo mejor que la vida me podría conceder pues mi inteligencia de tercio superior no lo podía entender y tus calificaciones de quinto superior me aceptaba tan soberbio aunque a veces olvidaba llamarte por las mañanas pero justificaba las noches con un sms deseándote un pacífico descanso en aquella “sombría litera” como tu la llamabas.
No te importaban mis posiciones políticas, ni mis conversaciones de literatura, mucho menos tomabas atención cuando mi carpeta se convertía en un harem de bellas estudiantes ansiosas por mis comentarios sobre Freud, te limitabas a maximizar el volumen de tu iphon recostada en el balcón observando el campus mirando de reojo las estrellas y de vez en cuando a mi, me esperabas tan paciente que hasta lo creía fingido y yo besabas esos ojos escondidos con esa capucha oscura que me hacía soñar contigo cada vez que te despedías. Esa noche en mi habitación fingimos estar estudiando pero te quedaste dormida en mi pecho, confieso que no pude conciliar el sueño al verte tan vulnerable aferrándote a mi; te creía inocente hasta aquella tarde en el baño de mujeres cuando fingiste el dolor de cabeza.
Dibujaba con mis dedos en tu cintura un segundo tatuaje de colores, te cosía alas de chalís en tu espalda, te esperaba en un carruaje motorizado a la salida de la facultad, te escribía poemas dulces que negabas que leyeras… Por temor a subestimarte me quedaba en silencio después de amarte; bendecía el día siguiente después de conocerte, oraba por las noches en tu nombre, me probaba tus corbatas tratando de entenderte, maldecía la psicología con que trataba de analizarte… Pero a ti no te importaba nada, tan solo como te amaba. Te encerrabas en una oscuridad que acumulaba tu ternura y hacías que explote por completo cuando me veías llegar.
Cuando volvimos a esa esquina por una cita más ya era casi fin de ciclo y entre copas me lloraste una vez más, me abrazaste tan distante intentando alucinar que podía salvarte sin caer en tu mirar…
Hoy que empiezo a preguntarme por que no fuí a ese último concierto, intento no lamentarme de hacerles caso a mis padres y aceptar ese viaje, Hoy que acaricio mi skeatboard, hoy que perdí mi trabajo intento no derrumbarme recordando que decías… “No llores más que aquí estoy yo y vengo a salvarte”