martes, 1 de diciembre de 2009

De Cabellos Castaños

Llegaste cuatro años después de haberme graduado de secundaria, yo andaba resolviendo exámenes pasados de alguna universidad en la preparatoria, aún no decidía con que profesión iba a pagar nuestro matrimonio religioso, tu vestido de novia, mi traje sobrio y ese carruaje con caballos blancos que nos esperaría a la puerta de la iglesia para dejar ese mundo real en el olvido. Me encontró tan rebelde que en esos días no pude percibir en sus cabellos el reflejo del mar, ni desafiando sus obvias razones de que quiera cambiar su gentileza de a mediados de siglo por una idea extrema de enfrentar la vida sin armas ni un plan genial.
Amaba escuchar su voz en el celular cuando decía “mi amor yo te amo”, y sus caricias en mis mejillas supuestamente menguando algún dolor o disipando algún rastro de maldad, sus brazos que rodeaban este ser que supuestamente nunca podría dejar… Solo alejarse un momento al otro lado del mar.
Andrea había terminado en la Universidad San Martin el año pasado y esperaba empezar su SERUM (Servicio Rural y Urbano Marginal de Salud), mientras yo alucinaba que me alejaba de mis sueños y pensaba en conformarme de quedarme por aquí pues ya me estaba gustando ir por las mañana en patines on-line a la preparatoria, y ni que decir que con la banda logramos cuadrar un covert casi como el original.
Anduvimos millones de avenidas tomados de la mano, solía decirme que yo podría dar más si me tuviera un poco más de confianza que una persona normal, mientras intentaba mirarla con decencia, ella me sonreía con esos ojos que eran mi punto final.
Fuimos a una conferencia episcopal en un hall frente al mar, después de aprender de quien nos unió, todos regresaron a la ciudad pero nosotros nos quedamos para ver la puesta del sol, aún estaba muy claro cuando llegamos a la orilla; pasemos por el muelle observando sigilosamente algunos peces que eran sacrificados por un pescador artesanal, no tuvo reparos en besarme tan apasionadamente que en ese mismo momento quise traer mi estandarte y proclamar mi felicidad. De vuelta a casa compré una rosa que escondí en un bolsillo para que la sorpresa sea perfecta y no haya rastros de dudas sobre mi capacidad.
Me gustaba mucho esa falda negra un poco más arriba de tus rodillas que usaste alguna vez para seducirme mientras veíamos una película en el departamento prestado por los dueños cuando tenían que viajar… La candidez de tus deseos que no tenían insinuaciones de maldad, te deslizabas en mi pecho con un ímpetu animal que amaba tanto que fingía no disfrutar para no facilitarte la seducción, pero confieso que me hacías sentir un criminal que ansiaba secuestrarte para no dejarte ir jamás… Recostada sobre mí descansaban tus latidos y me decías que no iba a ser fácil cuando te intente olvidar.
Y llego el día, huiste con un beso entre tus manos y unos versos que no me entregaste jamás, con tu locura extrema de la que me empezaba a enamorar me dijiste que no era suficiente que ya no podías más, ese día empecé a darme cuenta que quería ser el que pague todas tus cuentas incluso el vestido de novia, tu maestría y tus gastos en algún spa; también supe que tus errores no me lastimarían más… Me decidí a estudiar derecho internacional y después de dos años nos encontramos en unas cabinas de internet en la capital y al salir de ahí nos abrazamos tanto que decidimos besarnos una vez más, estabas aprendiendo a hablar el italiano, ya te habías titulado, seguías extremadamente loca como aquel entonces, con tus planes de vivir fuera no pude luchar... Nos prometimos extrañarnos en el futuro, desde ahí no supe más; después escuché que te fuiste a Italia y recordé esa promesa de un café frente al mar. Sería fabuloso volver a verte, tú que me diste alas, tu que me enseñaste a soñar. Venecia, hoy he visto en un libro de primaria que Venecia está al otro lado del mar.